woodstock
POR: DIEGO OQUENDO SÁNCHEZ

POR: DIEGO OQUENDO SÁNCHEZ

WOODSTOCK

50 años y sigue tan lozano

“Las mentes estuvieron abiertas, nos drogamos y el amor será libre” (Carlos Santana).

“¡Demonios! Mi guitarra se convirtió en una serpiente eléctrica. Como el borracho se arrima a un poste para no caerse, yo necesitaba encontrar algo para agarrarme, porque todo giraba a mi alrededor sin control. El poste que encontré fue decir: Dios, por favor, ayúdame, ayúdame a mantenerme afinado y en tiempo. Es todo lo que te pido, nunca más lo volveré hacer, te prometo que jamás volveré a probar eso”.
Hippie que se respeta dice que estuvo ahí, pero de haber sido así el bosque se habría hundido bajo sus pies. Las autoridades pensaban que llegarían unas 6000 personas, los organizadores querían 60 000. Nadie acertó; al final, se calcula que 400 000 personas se reunieron en una granja en Bethel para celebrar el festival que creó los festivales: Woodstock. Woodstock fue a 64 millas de Woodstock, porque nadie quería marihuana, melenudos ni rock en sus propiedades. Nadie excepto Max Yasgur, un granjero cincuentón, que no se esperaba que el festival durara tanto y suponemos que tampoco el caos que generó.
Carlos Santana apenas tenía 22 años, un álbum a cuestas y todas las ganas de comerse el mundo de un bocado. Apareció en Woodstock para medirse con los más grandes de su gene-ración: The Who, Hendrix, Greatful Dead, Jefferson Airplane, entre otros. Bob Dylan sería el gran protagonista, pero, aun-que vivía muy cerca, no le dio la gana de ir; dijo que su hijo estaba enfermo y punto. Esa fue la hendija por la que entró Santana. La banda llegó temprano en la mañana, tocarían por la noche y, como no tenían nada mejor que hacer, se atiborraron de LSD. Suponían que tendrían tiempo de reponerse para su presentación, pero no fue así; mientras volaban alto,  muy alto, les ordenaron subir al escenario de inmediato. O tocan en este momento o no tocan vociferó el jefe de piso. Sin otra opción, subieron. Todos excepto José, Chepito Areas, el percusionista. Desde las alturas, hacían un esfuerzo sobrehumano para dar un buen concierto, en especial Carlos Santana, quien trataba de domesticar a su serpiente eléctrica haciendo muecas y pidiéndole ayuda a diosito. Él fue misericordioso: Santana se consagró en Woodstock. Lo curioso es que Chepito —el único sobrio— afirma que vio el rostro de Jesucristo en el cielo de Woodstock.
Si Francia tuvo su cuarto de hora en mayo del 68, los estadounidenses lo tuvieron en el verano del 69. Los restos de la administración Johnson, Nixon —el flamante Mr. President—, así como Vietnam y su absurda carnicería fueron cuestionados sin una sola pedrada. Cuatro días de música y paz fueron suficientes para incomodar al sistema. Woodstock despidió los 60, dejó abierta la puerta de los peripatéticos 70, archivó el Flower Power, caducó a los hippies y pasó a la historia como el festival del siglo. La contracultura llegó a una de sus cimas más altas.
La juventud de aquel entonces ardía en preguntas, la de hoy se ahoga en respuestas. Aunque Woodstock luzca algo desgreñado, su autenticidad es arrolladora. Eran tiempos de música salvaje en el sentido más creativo de la palabra, hoy los festivales son demasiado corporativos. Las estrellas contemporáneas del pop necesitan despeinarse un poco. Si los gigantes de los 60 volaban en LSD, las estrellas de hoy debe-rían aterrizar el ego de vez en cuando. Nada volvió a ser como antes después de Woodstock, para bien y para mal 

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