¡SI TODOS FUÉRAMOS CAVANI!

POR: ESTEBAN MICHELENA

POR: ESTEBAN MICHELENA

Uruguay-Portugal. Mundial de rusia. Luis Suárez baja de pecho un pase de 50 metros. Detona otro bombazo, igual de largo y preciso. Cavani galopa al segundo palo, para pegarle con la cara y el parietal. Corre y celebra. El goleador ha arribado a la perfección, una constante de su magnífica carrera.

Fuerte, explosivo, frentero y letal: Edinson junta los atributos que los DT sueñan en el goleador que hará la diferencia. Cuentan que, en sus primeras pruebas, un entrenador no atendió la sugerencia de su asistente, quien sí se fijó en sus arrestos, autoridad e instinto para reinar en los 35 metros. “Los campesinos crían vacas”, dijo el profesor.
Cavani golpeó puertas y pelotas. En Danubio inició una carrera tachonada de premios y el unánime reconocimiento en el Napoli o el Paris Saint-Germain, ícono del Planeta Fútbol. Pero él se trasciende y fuera de la cancha es un entrañable portador de los valores que tanto claman nuestras sociedades.
Generoso, humilde, grandioso, sencillo, solidario: Cavani encarna al hombre pleno y realizado. Cuan- do regresa a la chacra salteña prefiere el bus, llegar al sencillo restaurante de siempre, preguntar y hacer por los suyos, los que le vieron luchar contra las severas carencias de su infancia. Y jamás bajar los brazos.
En su Carta a mí mismo de pequeño cuenta de su sencillita infancia. Celebra, ante la ausencia de juguetes, la libertad y la fantasía de esos pelados que hallan en la pelota su alegría cotidiana. Para qué estar en casa, allí no hay nada. Apenas una tele donde podrás ver a Tom y Jerry, suscribe.
De las casitas donde vivió, Cavani no olvidó que para ir al baño tocaba cruzar el patio y usar una letrina. Que en el duro invierno la calefacción eran cuatro frazadas. Y que para bañarse había que inventar el agua hervida con una tetera a kerosene. Tampoco los partidos a “pata llucha”: esos pies lastimados, cubiertos de arcilla.
El Señor Grandeza aprendió las lecciones de la vi- da austera, también del memorable invento de los DT del barrio: “El gol del helado”, dulce reconocimiento al pelado que marcara, justo antes del pitazo final. “To- dos buscábamos ese gol y el helado”, ríe, encantador.
Cuando la prensa indagó celos entre él y Luis Suárez, nos regaló un tratado de grandeza. “Uno no puede pensar si es más o menos que el compañero, ni en el fútbol ni en la vida; eso es quedarse en la chiquita, como decimos acá. La idea es crecer como persona. Cuando Luis pasa por un gran momento pienso en lo bueno que eso para para nosotros y eso me tranquiliza, me alegra. El grupo, ese es el que tiene que salir adelante”.
De bondad y de coraje, de humildad y de hue- vos: de esos materiales indestructibles están hechas sus genialidades. Buscando sus goles en YouTube, se agita mi admiración por esa incesante búsqueda de la perfección. También doy con el conmovedor llanto de Suárez, cuando —tras su penal errado ante Perú— Uruguay cae eliminada en la Copa América. Allá, un maestro Tabárez, trabajando apoyado en un bastón. Acá, un Bolillo cantinflesco vendiendo humo. Allá el vicepresidente dimitió por unos pocos miles de dólares abusivamente pagados con la tarjeta del Estado, acá entre los chupacabras, el que no corre, vuela.
“Ponerse la celeste es sentir orgullo de nuestra historia”. A la Tri le reventaron los celestes y marchó con los chilenos. Los de la aldea se encerraron a libar copiosamente. Los grandes lloran, sienten la derrota, el dolor de no honrar a la divisa. Acá, devaluada, corrompida y manoseada, la institución tricolor vale tres atados. ¡Se juega como se vive!