SAN JORDI Y LA ANACONDA

PARA CLASIFICAR A CATAR O SALVAR LA ALDEA, TOCA RENACER, ADHERIR AL SACRIFICIO DE GENERACIONES EN FAVOR DE LOS QUE VEMDRÁN.

Se cuentan los días con los dedos de las manos, y la cabeza de la anaconda de las eliminatorias asoma entre una selva de incertidumbre. De un largo bocado, el pasado julio se tragó a Bolillo, a quien agarró en plena siesta. El predecible suceso dejó a la dirigencia inmovilizada. En octubre se negociaba a Klinsmann, quien tras el paro salió en quema. Más tarde, la búsqueda dio con Jordi, un capitán moderno, puesto por su compatriota Cordón; pero con poco recorrido para lidiar y liderar un barco de marineros ajenos y desentendidos. A la hora del té -y cuando anda por la aldea- Jordi se sienta con credenciales contadas: dos equipos del montón, uno griego y otro chino. ¿Alcanzará para combatir por estos barrios? Queda el zumbido de que no. Todos deseamos que dé la altura, pero eso se verá tras un largo y tormentoso viaje, que iniciamos a la buena de Dios. San Jorge venció al dragón, ¿podrá Jordi con la anaconda? Y en el pantano veremos un galeón y una tropa con frentes pendientes por resolver: el primero, ver si los mismos marineros dan honor a la travesía y si, ahora mismo, disponemos de un gran mariscal que cohesione el grupo e imponga las ideas y creencias del jefe en semejantes escenarios. Si valemos carpeta con Argentina y nos mueve el piso Uruguay en Quito, el escenario se volverá hostil y el cielo negro, con gigantes olas en contra. Argentina buscará llegar a tierra firme lo antes posible. Uruguay igual, con una idea que la trabajan 14 años al mando del maestro Tabárez. Para variar, el Ecuador futbolero se verá, otra vez, en el trizado espejo del Ecuador real. Y ante la carencia de exploradores, el Capitán Jordi se verá obligado a iniciar la aventura apelando a viejos y cansados soldados, a quienes la fama y la fortuna les hacen mirar la divisa por bajo el hombro. Y un poco de jóvenes y divertidos milicianos que tampoco han mostrado el apego, el arrojo ni la pertenencia indispensables para estas causas.

Entonces, “por esta sola vez”, el Capitán Jordi deberá hacerse el loco ante las sanciones del Piso 17 o seguir rogando a Felipao que se comida en defender su bandera para remendar un cuadro que se la juegue en serio, liderado por un entrenador al que irán conociendo y valorando en medio del largo y tortuoso camino. Pero esta decisión consagrará unos generales y abrirá un boquete entre la tropa: el peso de la ley no es para todos y, molestos, cuestionarán la corona de los exculpados. Eso se expresa en el campo y pudre la solidaridad y cohesión del grupo. En esas, con un camerino en conflicto y atomizado por castas y resentimientos, los resultados serán esquivos: lo sabemos todos; pero primerito, el mismo Jordi. Esto complicará que tropa y generales aprendan y ejecuten los movimientos establecidos para esquivar a la anaconda y buscar el tesoro con la certeza de lo establecido para defensa, aguante y ataque. Entonces miraremos atrás, maldeciremos el tiempo perdido y haremos una procesión para que unos dioses en el desempleo den haciendo el camellito. Cerca, los monos aulladores: la afición mal enseñada a pedir cabezas por quítame las pajas, frustrada, enojada; a ratos secuestrada por hordas de violentos y energúmenos que rugirán por sangre y por patear cabezas y traseros. Entonces, como toda la vida, volveremos a cero. Y los países, el futbolero y el de la chaupi vida real, se encontrarán cara a cara. El hincha quiere resultados ya, la sociedad quiere arreglar el país asaltado y su capital abandonada en dos veranos. Y todos nos haremos los cojudos a la hora de aceptar que, para clasificar a Catar o salvar la aldea, toca renacer, adherir al sacrificio de generaciones en favor de los que vendrán. Arriesgada exploración: más tarde que temprano, veremos a Jordi trazar una línea en el campo y arengar porque la crucen los 13 de la fama. Ojalá le paren bola: acá se juega como se vive.