MIENTRAS VUELA LA PELOTA

POR: ESTEBAN MICHELANA

POR: ESTEBAN MICHELANA

Es domingo y se juega el clásico del astillero. En una loma de esmeraldas city, en un portal de casa y chancleta de cervezas de por medio, comparto las emociones del juego. Los niños corretean por el pasillo. Marcan los canarios, empatan los azules.

Nunca olvidé ese torrencial arribo de la alegría, esa felicidad furtiva, efímera, instalada en los rostros de chicos y grandes. Los besos y abrazos. Ese apropiarse de la dicha, eso de creerse Capurro o Lupo Quiñónez, atléticos mensajeros de la plenitud pelotera. Aquello de ser felices más que sea en los penales, un ratito; pero suficiente para levantarse el lunes y, otra vez, fajarse con la vida.
Durante las eliminatorias al Mundial de Japón, recorría la sinuosa carretera para llegar a la feria de los páramos del altiplano de Zumbahua. Para ver uno de los juegos, tuvo que suceder un milagro: en una maltrecha vulcanizadora, el maestro había in-ventado una antena para que su mugrosa y añosa tele agarre la señal.
En la puerta, tres niños pastores espían el partido. Paraditos ahí, con sus borreguitos mansos que acompañan las jugadas. Anota el Tin y los niños se abrazan, juran que son como el ariete: son felices un par de minutos. El maestro invita unas papas con arroz, yo me caigo con una media de plomo.
La ardiente Esmeraldas, los páramos helados de Cotopaxi. Ahí, donde el Estado no llega, el fútbol provoca la dicha de los pobres, la sonrisa del más débil, el abrazo del vulnerado, el beso del jodido. La pelota alegra, alienta, refresca y enfiesta. La eliminatoria a Japón fue sublime y puso en el mapa a los ne-gros de la patria. Ellos, con sus negras manos, lavaron la cara de un país que hasta hoy les da la espalda.

Mientras vuela la pelota, el fútbol enaltece a la aldea. Desde España, donde nuestros migrantes se desuellan el lomo, Bam Bam Hurtado lidera la contra al racismo. Desde Inglaterra, Ulises de la Cruz invierte en Piquiucho, nos enseña a crecer y reclama por los suyos: pide universidad para los negros y que, algún día, el sol salga para todos, que no me lo pateen, que no me lo escondan.
Para esos meses inolvidables, mi padre y su hermano, el cura Ignacio María, cumplían su propio rosario mundialista. Vi a mi viejo encenderse de alegría, gritar que no iba a morirse sin que la Tri llegue a un Mundial; escuché a mi tío sermones donde pedía a los fieles darse cuenta de adónde llegaban los héroes: de la pobreza, de la exclusión. “Vienen de lejos, vienen con hambre”.
Noviembre 7 de 2001. El día de la clasificación, vi a papá llorar sus ojos, cuando malamente enfermo en cama, logró felicitar al Capitán Hurtado, en una llamada telefónica que, a su lado, el sacerdote bendecía una y otra vez. Los dos hermanos y yo, pegados a la tele, abrazados. ¡El fútbol nos pone locos de atar!
Se trata de eso, Francisco Egas, Michel Deller y su escuadra de la FEF: la vuelta es restaurar este único y ahora devaluado patrimonio emocional de los ecuatorianos; este tesorito popular que los chupacabras no terminaron de podrir. Esa, Francisco, es la misión, el deber, la promesa: mientras vuela la pelota, sanar el fútbol nuestro de cada día. Acá el aliento, acá los himnos, acá el ñeque. ¡Y remezón!