MI CIELO

POR: ESTEBAN MICHELENA

POR: ESTEBAN MICHELENA

Esmeraldas, barrio caliente. algún día, de algún verano de 1968: -Mamá, la bendición, voy a jugar pelota. -Bueno, mi cielo, que Diosito me lo bendiga. pero no se haga muy tarde, mi cielo.

Y sí, harta pelota desde chiquito. “Cielo” se la pasaba con la redonda, esa saltarina fuente de alegría, de sueños, de inventarse la felicidad de cada día.
José Voltaire Villafuerte Tenorio, seguramente el más lúcido 10 del fútbol nuestro, inicia su largo trayecto futbolero como decenas de miles de niños negros de nuestras tierras: zapatitos raídos, divisa heredada, baloncito parchado. Los primeros goles los marca sudando la empapada camiseta del barrio. Para 1973, con 17 años, arriba a El Nacional, donde pronto pasa de la reserva a alternar en las formaciones de aquellas gloriosas jornadas. En su primer momento, comparte con cracks criollos, como Fausto “El Camión” Correa, Lucho Granda, Flaco Paz y Miño, Bacán Delgado, Alemán Maldonado. Y logra el primer tricampeonato: 1976, 77 y 78.
Jovencito, con no más de 21 años, el Cielo agrede a un juez y recibe el clásico “año calendario”. Fuera de su ecosistema, cumple servicio militar en Lorocachi, en ese Oriente ecuatoriano que, hasta la fecha, sigue siendo un mito. La suspensión del Cielo fue a nivel local, el crack cumple la pena, mientras retorna para jugar Copa Libertadores, donde otra vez la rompe.
La formidable carrera de este esmeraldeño permite reflexionar sobre la importancia de El Nacional en el desarrollo de la historia de nuestro fútbol: el desempeño del Cielo y otros grandes ecuatorianos avaló la filosofía de una institución como las Fuerzas Armadas, que creó oportunidades calificadas para impulsar el desarrollo de talentos naturales para jugar fútbol. La carta fundacional de El Nacional (1967) así lo consagra y pone énfasis, incluso, en los deportistas de Esmeraldas. El Nacional, en corto nomás, resultó ser una histórica respuesta a esa gastada perorata: abre las puertas del mundo futbolístico a los negros. Y estos, tras largos y dolorosos aprendizajes, marcan un antes y un después para el fútbol nuestro.
Y no solo regaron de gloria la divisa criolla. Mientras volaba la pelota, lanzaron un montón de inquietudes a la sociedad ecuatoriana, hasta el sol de hoy, reacia a aceptar a los negros en el también devaluado discurso de la diversidad. En el memorable reportaje que Diego Lituma hace al Cielo, en su Pasaporte a la gloria, el 10 se refiere a las dudas que enfrentó antes de dejar crecer su ensortijada cabellera.
Y es que la irrupción de los negros vacilando en Quito fue completa: por vez primera y desde sus gigantes caseteras, la franciscana capital aprendió a escuchar música salsa. La potencia y cadencia de un Johnny Pa-checo, Pete El Conde Rodríguez, Héctor Casanova, El Gran Combo de Puerto Rico, Celia Cruz, entre otros, llegaron en las sencillas maletas de los criollos. Y quedaron como los grandes disruptivos de la pelota. También se tumbaron modas y cánones peloteros: ideas futbolísticas como que el juego es goce y que —ganan-do, claro— también hay que gozar del instrumento, es una sentencia de mi Cielo. Por supuesto, el Bacán Delgado puso su perla. Un domingo —en lugar del luto del uniforme de los porteros—, Carlitos saltó al campo con deslumbrante parada de papagayo: medias blancas, pantaloneta verde, buzo tomate. ¡Wow!
Desde entonces, los negros han contribuido al crecimiento del fútbol nuestro de cada día. Hoy —con sus bemoles— ese espacio social es de ellos. Alguna vez el Loco Gatti, memorable portero argentino metido a periodista, hizo una broma espejo a la realidad: dijo que, camino al Mundial de Alemania, la Selección de Ecuador había parado en África, reclutando extraordinarios jugadores.
Hasta ahora, estos chicos siguen siendo protagonistas. Sin embargo, con sus lamentables escapadas a farrear