POR: DIEGO OQUENDO SÁNCHEZ

POR: DIEGO OQUENDO SÁNCHEZ

LAS DIOSAS DE UN INFIERNO:

HOY, LA MÚSICA, EL CINE Y LAS ARTES ESCÉNICAS ESTÁN MUY CERCA DE LO QUE PARECE SER LA PERFECCIÓN. SORPRENDENTE, DESLUMBRANTE, QUIZÁ, PERO NADA MÁS QUE SOLAMENTE EFECTISTA.

De momento, todo parece ir quedando en trapos, luces, sacudida de caderas, demasiado ruido y escaso silencio. Las sustancias corrosivas del entrenamiento están devorando las fibras del arte, sin que casi nadie se percate, o lo que es peor: que a pocos les importe. No es que el encanto de montajes elegantes sobre, ni que el vestuario que engalana a esa suerte de sacerdotes de ritos pop sea innecesario, o que la magia visual de las artes escénicas sea prescindible, ni mucho menos.

Los escenarios son santuarios a los que íbamos a liberarnos del óxido de la rutina, a sacudir la vulgaridad del día a día, a bajarnos de un torbellino de absurdos asfixiantes e intentar salir inspirados. De una buena película, de un concierto sugestivo o de una obra teatro provocativa, salíamos con ganas de cambiar el mundo, cambiarnos a nosotros mismos o (como mínimo) con las ganas de soñar renovadas. Para ello, siempre fueron necesarios todos aquellos elementos que potenciaran la experiencia: iluminación, escenograf ía, vestuario, maquillaje, efectos sonoros, música, entre otros tantos recursos. Elementos que han nutrido las experiencias comunitarias del ser humano, desde los ritos primitivos más remotos, hasta las celebraciones paganas de la antigüedad, pasando por los cultos de diversas religiones, culturas, tribus, sectas, partidos políticos, superproducciones cinematográficas, mega conciertos, hasta el día de hoy y, sin duda, hasta el final de los tiempos.

El mundo interior de la humanidad, desde sus orígenes, se ha valido de recursos externos (sonoros y visuales) para potenciar su espiritualidad. Así somos, siempre seremos así. El nazismo lo tuvo muy claro, se valió de todo lo que estuvo a su alcance para manipular a las masas incautas, que eran conducidas a una de las más trágicas, sangrientas y absurdas debacles. Con una parafernalia tan descomunal como vacía, apuntaló la demencia nacionalista de un puñado de incapaces, que tenían todo menos ideas, humanidad ni principios.

Hoy, la música, el cine, las artes escénicas están muy cerca de lo que parece ser la perfección. Escenografías deslumbrantes, efectos especiales que provocan taquicar- dia, seres de otros mundos tan reales que casi podemos tocarlos. Todo virtual, fascinante, nada suelto al viento. Lo que los grandes narradores lograban proyectar en la imaginación, los diseñadores de efectos especiales proyectan en una pantalla enorme, pero nunca tan grande como la imaginación.

Escenografías deslumbrantes, efectos especiales que provocan taquicardia, seres de otros mundos tan reales que casi podemos tocarlos.

Los créditos de una superproducción hollywoodense son interminables; es imposible seguir la larga lista de técnicos, diseñadores, animadores y demás especialistas. Sorprendente, deslumbrante quizá, pero nada más que efectista. Una tormenta de imágenes, ruidos, explosiones, que no cuenta nada o casi nada.

“Estamos olvidando cómo contar una historia. Las historias ya no tienen un nudo ni un desenlace, sino un principio que nunca termina de empezar”, esta reflexión de Steven Spielberg es pertinente.

La idea original de este texto eran las locas divinas, las locas célebres. Locas en el más bello sentido de la palabra: li- bres, soñadoras, amantes del instante, niñas con alas, novias de la vida, ángeles y demonios verdaderos, sonrisas lumino- sas. Pensé en Judy Garland, Marilyn Monroe, Janis Joplin, Amy Winehouse, Whitney Houston, Britney Spears, artis- tas, poetas, heraldos de la verdad. La verdad: algo que pocos quieren ver. Aprendieron a bailar, a exudar sensualidad, para ser escuchadas y terminaron como despojos del entretenimiento. La perfección está aquí, en la palma de la mano, en una pantalla. Sí, perfección, pero virtual. Seductora, adictiva, pero virtual. No hay vuelta atrás, lo virtual es irreversible y llegó para quedarse, pero debe ser domado, domesticado y sometido a ocupar su lugar.

Las luces, las lentejuelas, los telones sin poesía son trapos muertos. La fama sin discurso, la belleza sin amor no son nada. Las divas del momento sin ternura son solo muñe- cas desechables de inauguración.

Janis solía decir que hacía el amor con 25 000 personas y luego se iba a casa sola; la verdad de uno de los peores infiernos del artista verdadero: la soledad.