INDEPENDIENTE

POR: ESTEBAN MICHELENA

POR: ESTEBAN MICHELENA

Su pancita hinchada, el ombligo brotado. La piedra en la mano. Un golpe, dos, tres; hasta que abran el portón. Y el hambre que le perfora las tripas.

La encargada de la fundación le abre. Y el negrito descarga su dolor y su rabia. “Yo vi en la tele que Bam Bam hizo esta casa para mí”. Esas sandalias rotas, la pantaloneta gigante y la traposa camiseta del Barcelona.
El niño fue acogido: un pequeñito sobreviviente de las letales cifras de los informes sobre la exclusión, la mi-seria, el abandono y el odio; esos libros que chorrean vergüenza y sangre; esos que le hacen rezar al Papa.
Sara, mi hija —a sus diez, también—, hizo voluntariado con Iván y, al otro día del episodio, vino a mi pecho a llorar un río. El niño no duró mucho: era el más agresivo de todos. Cuando la “tía” pedía que hablaran de cositas lindas, ese anciano de diez años gritaba, llorando, que jamás tuvo una jodida cosa bonita. Y les caía a puñetes a los otros.
Volvió a la selva de cemento, fue abusado por Juanito Alimaña y trabajó para Pedro Navaja: “fundeaba” goma como loquito. Seguro, una solitaria tarde en playa Las Palmas, jamás bajó de su helado nirvana lila. Seguro murió sin que nadie lo llorara; tampoco tuvo fiesta de cumpleaños, la bendición de mamá ni el aliento de papá. Una cifra más de las que le hacen rezar al Papa.
Muchos se hacen futbolistas y por ahí les sale. ¡Suerte  muerte! Y claro, se vuelven loquitos: el gol, la jugada, la malicia, la genialidad; las novias, el auto full equipo, de palo pa’rumba, como canta Palmieri. Unos tantos vuelven al barrio, pero pocos sobreviven el barrio. Y marcan goles y cobran por ello; pero también pagan por ello.
Entonces, lo que se carga Independiente del Valle cuando hace su trabajo es simplemente hermoso: ellos logran enaltecer el fútbol. Y mientras vuela la pelota, re-emplazar al Estado, inventar una familia, sembrar unos valores, dar las tres comidas, los zapatos nuevos, el co-legio obligatorio, la certeza de que se puede ser mejor. Y que para eso hay que rajarse el lomo.
Deller y esa tropa lo hacen: ubican talentos y los crían en su magnífico complejo, que se faja con cualquier similar de Europa. La sub 12, la 16, la 18: entre todos suman 122 chicos que se forjan en la cancha mientras crecen para la vida. De allí salen bachilleres y, si la pelota les deja fuera de juego, ya cuentan con un Plan B.
El último triunfo de Independiente lo gocé en Carapungo, con un programa que la Alcaldía de Quito ofreció a esta barriada. Ese pueblo grato, las lágrimas de emoción, esa necesidad de sentirse queridos. Y sí, la Plaza Cívica repleta e impecable: ahí lo público, la gente de a pata, en modo VIP. Independiente gana, acá nos abrazamos. Y la plaza queda como camerino europeo.
Independiente y sus lecciones: no es de decir, es imperativo hacer. La plena: si la nación se labrara como In-dependiente trabaja el fútbol, ya habríamos clasificado a la copa de la equidad, de la decencia, del abrazo. Lo de Michel Deller y su gente es de esto: ¡se juega como se vive!