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POR:MARÍA JOSÉ TROYA

POR:MARÍA JOSÉ TROYA

FLÂNEUSE

Diarios de paseantes

El viaje es la piedra angular para entender el mundo. Se plantea como una necesidad para encajar, para conocer, para liberarse. No siempre es de ida y vuelta. Muchas veces el destino temporal se convierte en hogar. En el caso de muchas mujeres viajeras, sus travesías han tenido que ver más con la posibilidad de romper esquemas o enfrentar los miedos que con el propio destino.

Flâneur es el término francés para describir al hombre que pasea, que observa, pero que no se involucra. Es casi un estudioso del paisaje, de los cambios, de lo que pasa en la ciudad. Y fue Charles Baudelaire quien afirmó que, entendiendo ese concepto, era imposible la existencia de la flâneuse (la versión femenina), porque no puede hacer ni acceder a lo mismo que el hombre: es incapaz de observar sin ser observada, sin causar revuelo, sin ser protagonista. La flâneuse alborota y distrae. A partir de esa premisa, la escritora estadounidense Lauren Elkin decidió reivindicar el derecho de las “paseantes” en un libro que aborda su periplo por varias metrópolis, mientras hace referencia a grandes personajes que han expuesto su opinión frente a las restricciones que tienen las mujeres al viajar.

“SENTIR LA DISTANCIA EN LOS HUESOS ”: LAUREN ELKIN, LA PASEANTE
“No quiero estar aquí. No es justo”, así de contundente y de-solada se muestra la autora de Flâneuse: Women Walk the City in Paris, New York, Tokyo, Venice and London (Malpaso Editores), quien, en un acto generoso y catártico de su intimidad, habla de los miedos constantes y de las expectativas que tiene en cada cambio de ciudad que realiza. De Nueva York a París, luego Tokio, Venecia, Londres y de vuelta. Fueron estancias largas don-de tuvo la oportunidad de probarse a sí misma su capacidad de acoplarse, de desenvolverse y encajar. No todo lo logró con éxito.
Para muchos, el viaje es un anhelo constante que se sacia con las vacaciones esporádicas y temporales, para luego volver al hogar, al lugar seguro. En su caso, la necesidad de cambio de aire surgió debido a circunstancias laborales y amorosas y sin tiempo definido de estancia. Fue ahí donde sus miedos cobraron vida y se dio cuenta que, además de “no pertenecer”, el hecho de ser mujer muchas veces hizo que su ruta cambie: por los callejones oscuros, por el miedo a caminar sola entre muchos hombres, por el idioma. El relacionamiento social en un país nuevo es distinto.
Ella, como muchas otras, tuvo miedo de entrar a zonas poco seguras; se sintió vulnerable. Y, bajo esa premisa, Lauren empezó a analizar y a caminar por las ciudades bajo la lupa de otras que pisaron ese mismo suelo. Aparecen en su libro Virginia Woolf, Susan Sontag, George Sand, con extractos de sus textos y su visión de lo que era el mundo para ellas. Para la autora, esos relatos fueron una brújula sociológica que facilitó su viaje.

OTRO DIARIO DE MOTOCICLETA: EL RE TO DE SER PIONERAS
Hace mucho que las mujeres pasaron de ser quienes iban atrás para ser las conductoras de sus propias motocicletas. Pero ese camino, hace algunos años, fue empedrado, lleno de crítica, de impedimentos y miedos. Aun así nadie pudo detener a dos mujeres, madre e hija, que decidieron recorrer Estados Unidos en una innovadora moto y su sidecar.
Avis y Effie Hotchkiss se lanzaron a las rudimentarias vías en una Harley Davidson: era 1915. Salieron desde Brooklyn (Nueva York) hasta San Francisco. Fueron 9000 kilómetros —de ida y vuelta— que revolucionaron la historia. Se cuenta que estas pio-neras eran las más esperadas en los pueblos y las ciudades que atravesaban. Su periplo hoy es recordado como una hazaña desde muchos puntos de vista. La propia Effie, 25 años después del viaje, afirmó que nunca fue fan de la velocidad o las motos, que no fue una estrategia comercial: “Fue una necesidad de libertad y hacer ver que el motociclismo era un deporte perfecto para las mujeres”.
Serían ellas, entonces, quienes luego impulsarían a más chicas a unirse a un reto auténtico: salir a conocer el mundo. En 1916, las hermanas Van Buren (Augusta y Adeline) siguieron su ejemplo. Salieron de Brooklyn hasta Los Ángeles. Se perdieron, volvieron a la ruta, incluso ¡alcanzaron un récord a 4300 metros de altura en moto, en un pico de Colorado! No obstante, fueron detenidas en varias ocasiones: no por la velocidad sino por atreverse a viajar en ropa masculina. Al regreso, Adeline obtuvo su título en Leyes y August cumplió el sueño de convertirse en piloto.

DIAN FOSSEY Y JANE GOODALL: UN VIA JE DE VIDA
Otro viaje, hoy imprescindible para la ciencia, lo realizaron dos mujeres que decidieron adentrarse en el corazón de la selva, para entender mejor a la naturaleza, al origen.
Dian Fossey, experta en orangutanes (San Francisco, 1932), viajó en los años sesenta a la compleja Ruanda, para estudiar a estos mamíferos. Publicó Gorilas en la Niebla, un libro con sus observaciones de campo y profundos análisis nunca antes hechos, y que han servido hasta el día de hoy para entender mejor a los orangutanes y desmitificar su comportamiento.
Gracias a su lucha, se ganó cientos de enemigos, sobre todo cazadores furtivos, de quienes se presume que fueron sus asesinos. La mataron en su cabaña en 1985.
Mientras tanto, con menos polémica, pero con la misma pasión, Jane Goodall también se adentró en lo profundo de África —en Tanzania—, para estudiar y convivir con los chimpancés. Hoy es considerada como una de las científicas más importantes del siglo. Sus estudios en pro de la conservación, durante más de 55 años, han causado una revolución. Su titánica labor solo ha sido posible gracias a su paciencia, su devoción y su capacidad de anular los comentarios sexistas de la época, que afirmaban que jamás podría lograrlo por ser mujer. Con cientos de reconocimientos por su trabajo y legado, la aventura de Goodall no ha cesado. Ella sigue viajando por todo el mundo para compartir sus datos cien-tíficos, sus descubrimientos acerca de los primates y, sobre todo, para hablar sobre la necesidad de conocer y de amar.

HACIA EL INFINITO: EL VIA JE DE VALENTINA TERESHKOVA
Era un viaje a lo imposible, no solo por la incipiente tecnología aeroespacial, sino por el imperante machismo de la industria. Y aún así, en medio de cientos de aspirantes, Valentina Tereshkova fue la finalista. Era civil, venía del proletariado ruso, era trabajadora textil y le encantaba el paracaidismo.
Después de Yuri Gagarín en 1961, se pensó en llevar a una mujer al espacio y ella fue la elegida. Después de pruebas y exámenes físicos, logró lo impensable: 48 horas en el espacio. Fue ella la primera en tomar las fotografías del horizonte en las que se detectaron por primera vez las capas de aerosol.
Luego de esta proeza, debieron pasar 19 años para que otra mujer rusa pudiera salir al espacio. Fue Svetlana Savitskaya quien, además de viajar en dos ocasiones (1982 y 1984), pudo también realizar una caminata y, en el caso de la carrera aeroespacial con Estados Unidos, fue recién en 1983 que la astronauta Sally Ride pudo concretar el sueño.
Mientras tanto, en la ex URSS, Valentina Tereshkova se casó con otro astronauta —en sus primeras nupcias—, con quien tuvo a su única hija. Su carrera política y científica siempre fue activa.
Ahora de 82 años, es considerada una heroína en su país (con varias medallas y títulos honoríficos) y su ímpetu por ir más allá no ha cesado: en 2013, solicitó al presidente Vladímir Putin ser seleccionada para ir a Marte, incluso si el viaje solo fuera de ida…