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POR: DIEGO OQUENDO SÁNCHEZ

POR: DIEGO OQUENDO SÁNCHEZ

EL PEOR VIAJE DEL MUNDO

La conquista del Polo Sur

Hoy que el éxito está más de moda que nunca, hay que recordar que la derrota cuenta las mejores historias.

“Voy a salir y puede que tarde un rato”, fueron las últimas palabras de Lawrence Oates, mientras abandonaba en calcetines un precario refugio de tela y dejaba atrás a sus compañeros exhaustos, hambrientos y desolados. Tambaleante pero decidido, salió a encontrarse con la muerte, para no seguir siendo una carga para sus compañeros. Tenía 32 años, lo sabía todo sobre caballos y esa fue la razón principal por la que fue convocado a esa expedición. Su capitán lo seleccionó para que fuera uno de los cuatro hombres que lo acompañarían en el último tramo. Un honor que no deseaba.
Tres sucesos históricos trazan un antes y un después en la humanidad: 14 de diciembre de 1911, la conquista del Polo Sur; 14 de abril de 1912, el naufragio del Titanic; 28 de julio de 1914, estalla la Primera Guerra Mundial.
Nada volvería a ser igual. Por un lado, Roald Amundsen y sus hombres pisan por primera vez en el Polo Sur geográfico, con lo que la Tierra cede el último reducto inexplorado por el ser humano. Queda demostrado que nada ni nadie puede detener la voluntad humana, combinada con recursos y algún avance tecnológico.
Luego de la conquista del Polo Sur, todo queda descubierto; el siguiente paso será la Luna, misión que se cumple tan solo 58 años después.
Meses más tarde, el orgullo de la Revolución industrial se hunde con el Titanic. El monumento flotante de los avances tecnológicos y de la arrogancia de los poderosos no resiste los embates de la naturaleza. Su primera travesía sería la última.
Así como el Titanic muestra el costado creativo del ser huma-no, la Primera Guerra Mundial revela su lado más destructivo e infame. Los señores de la guerra ponen a disposición de la destrucción —por primera vez y sin ningún límite ético— todo lo que está a su alcance para masacrar al enemigo: gases tóxicos, lanzallamas, ametralladoras letales, bombardeos aéreos. Un infierno. La Gran Guerra es una de las más sangrientas de todos los tiempos.
Hoy que el éxito está más de moda que nunca, hay que recordar que la derrota cuenta las mejores historias y me temo que deja las enseñanzas más valiosas y memorables. En la conquista del Polo Sur se enfrentaron Noruega y Gran Bretaña. La compulsiva necesidad del ser humano de ganar como siempre impuso sus reglas. Roald Amundsen y Robert Falcon Scott entraron en una absurda carrera por llegar primeros. Amundsen planificó con precisión cada detalle, usó exclusivamente perros siberianos y partió de la bahía de las Ballenas, un punto más cercano y favorable. Algo muy importante: se enfocó en llegar al Polo Sur. El Capitán Scott, por su parte, dejó sueltos algunos cabos, partió desde la isla de Ross, 100 kilómetros más lejana del Polo, combinó perros, ponis manchúes como animales de tracción y trineos mecánicos —los ponis no soportaron las condiciones extremas, uno de los trineos mecánicos se hundió y los demás se dañaron muy pronto—. Al contrario de Amundsen, Scott no se enfocó en la conquista del Polo, porque se trazó varios objetivos científicos que dispersaron sus esfuerzos.
Amundsen fue el ganador. El Capitán Scott y sus hombres llegaron 34 días después. “Lo peor ha ocurrido. Una simple ojeada nos revela todo. Los noruegos se nos han adelantado. Mañana iremos hasta el polo y luego volveremos lo más rápidamente posible”, Scott escribe en su diario. Pero se equivocaba una vez más, lo peor aún estaba por venir. Luego de haber recorrido en condiciones extremas cientos de kilómetros hasta llegar al Polo, él y sus hombres tenían por delante el regreso. Desmoralizados, derrotados y agotados, luego de una travesía de unos 1400 kilómetros, daban media vuelta para intentar regresar al campamento base. Entre el 17 de enero —fecha en la que llegan a su meta— y el 29 de marzo, Scott y sus hombres mueren luego de soportar temperaturas de 70 grados bajo cero, vientos huracana-dos, congelamientos, escorbuto, hambre e hipotermia. El primero en colapsar fue Edgar Evans. Días después, Lawrence Oates abandona la precaria carpa para no ser una carga y así facilitar el regreso de sus compañeros. Un calvario que conmovió al mundo.
En efecto, El Peor Viaje del Mundo, así bautizó Apsley Cherry Garrard, sobreviviente de la expedición del Capitán Scott, al libro en el que cuenta las aventuras y desventuras de él y sus compañeros. Cuando Amundsen se enteró de la tragedia, dijo que lo hubiera dado todo para evitarla. Reconoció el valor de Scott y sus hombres. Paradójicamente, Scott se convirtió en un mártir y opacó al victorioso Amundsen. La derrota se convirtió en triunfo. Scott, Wilson y Bowers murieron a 35 kilómetros de un campamento lleno de pro-visiones, combustible, medicinas y todo lo necesario para sobrevivir.