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POR: DIEGO OQUENDO SÁNCHEZ

POR: DIEGO OQUENDO SÁNCHEZ

EL CARNAVAL DE LOS ANIMALES

Una obra juguetona, muy consistente, que quizá mostró el rumbo que debía seguir la música incidental en el cine.

Cuando en febrero de 1927 se estrenó El cantante de jazz, para muchos, la primera película sonora, Walt Disney intuyó que los efectos de sonido, los diálogos, la música, en definitiva, el cine sonoro había llegado para quedarse. No había vuelta atrás, el proceso era irreversible. Pero, como en cualquier nuevo comienzo, todo estaba por hacerse. Era un momento de incertidumbre, de innumerables preguntas y escasas respuestas. Lo que sí había a la mano era el viejo e infalible método del ingenio humano: el de prueba error.
Del carnaval se debe hablar en plural: carnavales, porque se lo celebra de muchas formas alrededor del mundo. Aun-que puede haber grandes diferencias entre unos y otros, el origen es el mismo y es muy, muy remoto. Probablemente, se remonta a la antigua Roma, donde se celebraban fiestas en homenaje a Saturno, conocidas como Saturnales. Eran siete días de festividades extravagantes, regalos, banquetes, bailes, excesos y demás. Se dice que eran tan liberales que los esclavos cambiaban los papeles con sus amos. Entonces, no cabe duda de que el origen de los carnavales es pagano.
Siglos después la Iglesia católica los alinearía, como otras tantas costumbres y celebraciones, convirtiéndolos en un festejo cristiano. Se cree que la palabra carnaval viene de carnelevare —un vocablo italiano que significa algo así como ‘quitar carne’— y su sinónimo de origen latino carnestolendas; los términos hacen referencia a la abstinencia de carne durante los tres días anteriores al Miércoles de Ceniza. Esta costumbre se ha diluido en la niebla de los tiempos; no obstante, lo que hoy conocemos como carnaval es tan antiguo como la humanidad.
Hacia finales de los años treinta, bajo la influencia arrolladora de El cantante de jazz —que irrumpió con deslumbrante tecnología—, Walt Disney seguramente se preguntaba, entre otras cosas, cómo musicalizar sus historias de dibujos animados. Es muy probable que la respuesta la haya encontrado en una obra para niños compuesta 51 años antes del estreno de su primera película: El carnaval de los animales, del compositor francés Camille Saint-Säens, suite desarrollada en 14 movimientos. Al parecer, Saint-Säens quiso gastar una broma musical imitando (con piano, clarinete, violines y otros instrumentos) los graznidos, los rugidos, los cacareos y demás ruidos de animales, para describir lo que su nombre indica. Es una obra juguetona, simpática, muy consistente y con pasajes bellísimos, que quizá mostró el rumbo que debía seguir la música incidental en el cine, en especial de dibujos animados, décadas más tarde. Curiosamente, Saint-Säens —a excepción de El Cisne— prohibió que la obra sea interpretada en su totalidad; no se sabe si se avergonzaba de ella o le atemorizaba que su prestigio de compositor serio se viera lacerado. En cualquier caso, en su testamento, auto-rizó que se la interpretara luego de su muerte.

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Al escuchar El carnaval de los animales, quizá por asociación o costumbre, la imaginación se abre a las aventuras, las persecuciones y las travesuras de los dibujos animados.
Esta composición llena de una sutil alegría e inocencia nos recuerda que aquellos días no volverán. Los animales siempre la han tenido muy difícil con el carácter depredador del ser humano; sin embargo, lo peor estaba por venir. Hoy, en la Amazonía, Australia, los Polos y los cuatro puntos cardinales, los animales viven una tragedia, un desgarrador infierno. Si hacia mediados de los años veinte la incertidumbre predominaba sobre cómo contar historias en el cine sonoro, la historia que cuentan las pantallas digitales no son ninguna película, es una angustiante certeza: el apocalipsis de los animales.