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POR: DIEGO OQUENDO SÁNCHEZ

POR: DIEGO OQUENDO SÁNCHEZ

EL ARTE DEL NEGOCIO, EL NEGOCIO DEL ARTE

El artista, antes que pensar en la fama y el dinero, debe encontrarse a sí mismo, develar su verdad, solo entonces el resto vendrá por añadidura.

No fue un suicidio, fue un asesinato. Quizá un terrible accidente, pero asesinato al fin. ¿Quién mató a Vincent van Gogh? Todo apunta hacia los hermanos René y Gaston Secrétan. Hijos de una familia adinerada, que solían pasar el verano en Auvers, un pueblo cercano a París. Mientras que Gaston era un muchacho sensible, discreto y apegado al arte; René, el mayor, era un patán, un gamberro que iba por ahí atormentando a cual-quier criatura indefensa que se le cruzara por delante. Una de sus víctimas favoritas era Vincent, un hombre solitario, casi marginal, que solía charlar con su hermano por su afinidad con el arte.
Nadie daba valor a sus pinturas ni tenía interés en entablar una conversación con él. Sin embargo, detrás de esa apariencia deshilachada, habitaba un intelecto portentoso. Era políglota y un apasionado lector, que había devorado toda la obra de Shakespeare, Balzac, sabía de memoria los Salmos, conocía a fondo la Biblia, era un gran admirador de la poesía de Walt Whitman, estaba alineado con las mentes más avanzadas de la época —entre ellas, la de Émile Zola—, en definitiva, un rey con harapos. Nadie entendía su arte. Su hermano fue el único visionario capaz de anticipar la genialidad de Vincent. Como to-do el mundo sabe, en vida solo vendió un cuadro. La indiferencia de sus contemporáneos y el fracaso económico fueron dos de sus tormentos, pero no sus obstáculos. Antes que un loco, era un fanático de la pintura, un quijote que dejó cerca de 900 obras realizadas en, aproximadamente, 9 años. “Yo soy mi obra”, solía decir. Pintaba por amor y punto.
Por su parte, el célebre castrato italiano Farinelli llegó a España en 1737, para cum-plir con una misión encomendada por la reina Elizabetta Farnasio: curar con su canto la profunda melancolía del rey Felipe V. Durante 9 años, los últimos de la vida del rey, Farinelli le cantó todas las noches sus tres tonadas favoritas, siempre las mismas, y lo sanó de su terrible depresión: genuino caso de musicoterapia. Fernando VI, el sucesor de Felipe V, y su esposa Bárbara de Braganza, melómanos y amantes de la música, extendieron por un largo período la presencia de Farinelli en la corte. Años más tarde, cuando Carlos III le sucedió a su hermano Fernando VI, el castrato abandonó España. Regresó a su tierra para radicarse en Bolonia. Fue tal la fortuna que amasó en España que se compró un principado y vivió en medio de lujos y grandes personajes hasta el final de sus días.
Charles Dickens era un niño asustadizo y frágil, que se vio obligado a trabajar en una fábrica de betún para calzado, puesto que su padre no asumió sus responsabilidades. Se educó a sí mismo y aún hoy, más de 200 años después de su nacimiento, su obra sigue generando grandes cantidades de dinero.

La vida de Van Gogh es el testimonio de un extremo

Por alguna ridícula razón relacionamos al arte con la po-breza. Quizá al morbo le apetece más la desdicha que la dicha o, tal vez, al negocio de la cultura le conviene dejar establecido que el artista debe vivir en la escasez. No lo sé. El genio in-comprendido es una categoría absurda, probablemente, es un incompetente disfrazado de genio.
El caso de Vincent van Gogh es extraordinario, su vida fue miserable por su entorno miope; sin embargo, la humanidad reconoció su descomunal genialidad y le ha dado su lugar. Más vale tarde que nunca. Para él, primero estaba el arte, él es su obra y sin ella no habría tenido razón de ser. En ella retumba la verdad. Aunque su vida es el testimonio de un extremo, es preferible que el extremo del mercantilismo, de los curadores cómplices y líquidos que toman la forma del oportunista y justifican la mediocridad.
Van Gogh no se suicidó; de haberlo hecho, habría escogido veneno, porque sabía mucho sobre brebajes tóxicos y no tenía idea de armas. René Secrétan, el gamberro que lo atormentaba, en cambio, vestía un disfraz de Buffalo Bill que su padre le compró en la Exposición Universal de París, en la que actuó aquel vaquero. Para darle más dramatismo a su indumentaria, se había conseguido una pistola medio dañada con la que a veces acertaba a alguna ardilla u otra presa. El domingo 27 de julio de 1890, vagaba por ahí con su hermano Gaston y Vincent, con su caballete en la espalda y sus materiales a cuestas, buscaba un lugar para pintar. Nadie sabe exactamente lo que pasó, lo más probable es que René quisiera asustarlo blandiendo su arma y se haya disparado. El genio murió dos días después. Se insistió en el suicidio para que sus agresores no fueran castigados.
Sin verdad no hay arte, la humanidad casi siempre reconoce al genio. La verdad siempre cae por su propio peso. El artista, antes que pensar en la fama y el dinero, debe encontrarse a sí mismo, develar su verdad. Entonces, el resto vendrá por añadidura. El precio es alto, pero no tiene que ser la pobreza ni la miseria. No hay que comer cuentos: el arte de verdad es un negocio rentable.