bobby-fischer
POR: DIEGO OQUENDO SÁNCHEZ

POR: DIEGO OQUENDO SÁNCHEZ

BOBBY FISCHER

Un genio del ajedrez, un gigante de la honestidad

El match del siglo trascendió todo límite deportivo, para convertirse en un hecho político de enorme significación.

Para Regina todas las mañanas de verano eran difíciles, muy difíciles. Cerrar la puerta de su viejo departamento de Brooklyn y dejar solos a sus hijos, sí, era duro. El pequeño de seis años quedaba bajo el cuidado de su hermana, que apenas tenía 12. A finales de los años cuarenta, no había mucho que hacer entre cuatro pare-des. Un buen día, alguien golpeó la puerta. Era el cura que vivía en el piso de arriba, se había dado cuenta de que los niños pasaban solos y quería aliviar su soledad y aburrimiento. Era un cura de los buenos. Se hicieron amigos, charlaban, él les contaba historias y así lograba que las horas duraran menos. El cura era aficionado al ajedrez y, como no tenía con quién jugar, por debajo de la puerta deslizó un tablero de cartulina y, por un agujero, les pasó las fichas y consiguió enseñarles a jugar. Él con su tablero reproducía las jugadas de los pequeños y ellos, haciendo lo propio, jugaban con nomenclatura separados por una puerta.
Cuando los cañones de la Segunda Guerra Mundial quedaron en silencio, la humanidad comprobó que el peligro seguía acechando con un nuevo y temible rostro: la Guerra Fría. Estados Unidos y la Unión Soviética hacían pulso con armas atómicas, de un poder destructivo sin precedentes. Sin embargo, era un conflicto que iba más allá de lo militar; en realidad, fue un enfrenta-miento a todo nivel: ideológico, económico, político y, por supuesto, deportivo. Dos grandes fuerzas enfrentadas estremecían a la humanidad: el bloque occidental-capitalista versus el oriental-comunista. Ninguno estaba dispuesto a ceder un ápice de poder. Hacia los sesenta, las diferencias se habían agudizado hasta llegar al borde de una guerra nuclear. En un momento de sensatez, Kruschev y Kennedy lograron resolver la Crisis de Octubre sin lanzar un solo misil. Pero el conflicto duró mucho tiempo más en todos los órdenes imaginables.
Una de las zonas de conflicto menos destructivas y más constructivas fue el deporte en varias disciplinas y una en especial: el ajedrez. Los soviéticos tenían una hegemonía absoluta: Mikhail Botvinnik, Mikhail Tal, Tigrán Petrosián, Boris Spassky eran prácticamente imbatibles. Para 1972, los soviéticos llevaban casi 25 años como campeones mundiales. Ese año, el capitalismo y el comunismo —“el bien” y “el mal”, según el punto de vista ideológico de cada quien— se enfrentarían sobre un tablero de ajedrez en Reikiavik, Islandia.
El campeón Boris Spassky, de 35 años, en su mo-mento un niño prodigio del ajedrez. El titán que había destronado a Tigrán Petrosián, otro gigante soviético, ponía en juego su corona frente a un desgarbado rubio de 29 años: Bobby Fischer. Excéntrico, lobo solitario, conflictivo, pero indiscutiblemente un genio. El Match del Siglo, como se conoció a este enfrentamiento, consagró a Fischer por haber derrotado a un soviético. Y a Spassky, con todos sus méritos, lo hizo pasar a la historia por haber sido quien perdió contra un estadounidense. Lo de fondo en el marco de la Guerra Fría: Estados Unidos había vencido y destronado a la Unión Soviética. “El triunfo del bien sobre el mal”, una lectura muy maniquea, propia de la época. El Match del Siglo trascendió todo límite deportivo, para convertirse en un hecho político de enorme significación.
23 años antes, un cura de quien casi nadie se acuerda, pues-to que en ninguna biografía aparece, despertó a un genio del ajedrez cuando apenas tenía 6 años; a los 13, derrotó al maestro internacional Donald Byrne, de 26, protagonizando una de las partidas de ajedrez más famosas de todos los tiempos. A los 16 se consagró como maestro internacional.
Durante su carrera siempre fue muy crítico con las reglas del campeonato y el sistema que aplicaban los soviéticos para mantener su hegemonía. Cuando se coronó campeón, exigió que esas reglas y prácticas se cambiaran, aun cuando lo blindaron como campeón. Fue un duro crítico del sistema, de las mañas de la FIDE (Federación Internacional de Ajedrez).
En Reikiavik, Fischer se convirtió en un héroe estadounidense por haber derrotado al comunismo. Años más tarde, se rehusó a defender su corona frente a Anatoly Karpov; entones, la FIDE se la quitó y se la entregó a Karpov. Nunca sabremos quién habría sido el vencedor. Fischer fue destronado en los escritorios de la FIDE, pero no en un tablero de ajedrez.
En enero de 2008, falleció en Reikiavik, la ciudad que lo vio consagrarse, pero ya no como un héroe estadounidense, sino como un paria. Sus últimos años fueron un calvario, fue perseguido implacablemente por el sistema que alguna vez lo endiosó. Estados Unidos jamás perdonó su brutal honestidad. 

bobby-fischer

“El ajedrez es una guerra sobre un tablero. El objetivo es aplastar la mente del adversario”.

Bobby Fischer

Ajedrecista