anio-viejo-fuego
POR: ESTEBAN MICHELENA

POR: ESTEBAN MICHELENA

YO NO OLVIDO EL AÑO VIEJO

El Ecuador Entero Se Viste De Fiesta El 31 De Diciembre Para Aferrarse A Los Recuerdos Y Poner Toda Su Esperanza En El Año Que Llega.

“Esa estrella, la celeste. Ahí está mamá”

Papá prometió a los hermanos que, si se portaban bien, ese fin de año conocerían el mar y un nuevo cielo, repleto de estrellas multicolores. Los niños cumplieron su parte y, pasada la Navidad, contaban los días para emprender el viaje a Salinas, esa lejana ciudad donde papá habría anunciado un milagro. El viaje fue largo. Remontaron la gélida cordillera serrana y luego probaron el cálido clima costeño. Al llegar, los niños dormían a pierna suelta. Papá descargó la vieja F-150 sin despertarlos. Luego, llevó la camioneta hasta muy cerca del mar, en el dinámico malecón.
Cuando los niños abrieron sus ojos, descubrieron el océano inmenso y juguetón. Pidieron bajar a la arena y los tres armaron una postal: el padre y los niños, tomados de su pantalón, mirando las olas, contemplando el vuelo disciplinado y unidireccional de decenas de gaviotas.
En el almuerzo, los chicos fantaseaban: juraron haber visto un barco pirata, donde unos altos hombres de barbas y espadas navegaban raudos tras una gigantesca ballena gris. Papá solo sonreía. “Esta noche bajarán las estrellas”, les dijo. Y los pequeños se abrazaron jubilosos.
Tras toda una mañana de jugar entre las olas, los pequeños durmieron hasta caída la tarde. Con la noche cercana, papá los vistió de punta en blanco: camiseta y pantaloneta blancas, tal como los zapatos que parecían de queso. Al escuchar los primeros estallidos de camaretas y castillos pirotécnicos, papá subió a los suyos a la terraza. Y los niños estallaron en celebraciones.
Al fondo, todo el cielo de Salinas presentaba un espectáculo memorable: estrellas de todos los colores aparecían y se borraban en el manto de la noche. Los visitantes bajaron a la playa y fueron parte de la fiesta. Por inmensos parlantes se escuchaban emocionadas voces gritando que ha llegado el año nuevo y más de un vecino ya bailaba con las cumbias de la fecha. Todos brindaban contentos y todos se abrazaban eufóricos. Entonces, papá tomó a los niños en sus dos brazos y los tres miraban al cielo tachonado de fugaces estrellas.
Fuerte como un guerrero, el padre sostuvo a los hijos durante los minutos en que el trío ofrecía una plegaria a los cielos. Entonces, uno de los chicos señaló en el horizonte. “Esa estrella, la ce-leste. Ahí está mamá”, afirmó. El viejo asintió con la cabeza y los tres se fundieron en un abrazo in-terminable. Esa tarde memorable no solo conocieron el mar y las estrellas; también comprobaron que mamá era una de ellas. Desde entonces, todos los años, la familia acude y se junta en Salinas para recibir el Año Nuevo. Ahí recuerdan los eternos amores de la infancia. Hacen una plegaria y, en voz baja, mirando una fugaz estrella celeste, le dicen a mamá cuánto le extrañan.

Quito farrea en Tonsupa
Pasar las vacaciones de fin de año en la playa es una tradicional costumbre entre las familias quite-ñas. Por cercanía, las playas de Esmeraldas son un destino fijo y las olas y aires de rumba en Tonsupa son de las más visitadas. En este paisaje marino, destacan modernas infraestructuras turísticas: torres que tocan los cielos y hoteles de nivel inter-nacional hospedan a miles de quiteños y serranos que refrendan ahí sus promesas de año nuevo y cumplen curiosos rituales.
Pasan corriendo un par de jóvenes, cargando maletas. Otros comen uvas y brindan con espumantes vinos. La fiesta se toma la arena y, cuando marcan las doce la noche, el horizonte se pinta de colores trazados por decenas de estelas que irrumpen con estruendo y en medio del griterío.
Esta playa es también el centro logístico del cual parten familias y galladas de amigos a disfrutar de la verde provincia norteña. Atacames, Súa, Same, Tonchigüe, Playa Escondida, Cumilinche, entre otras, hasta arribar a los bellos paisajes de Mompiche y Portete; en pleno viaje por la Ruta del Sol, camino a la hermosa Manabí.

De testamentos, cañonazos y viudas
La capital celebra la fecha desde la creatividad y alegría de sus parroquianos y visitantes. Los barrios mantienen la costumbre de levantar los Años Viejos y perviven hábiles bromistas que escriben y leen testamentos donde vecinos y figuras del de-porte y la política son víctimas del humor quiteño.
Las “locas viudas” detienen los autos y lo hacen con atrevidos bailes ensayados desde el anonimato que proveen frondosas pelucas y exagerados maquillajes. Cerca de “ellas”, que lucen minifaldas de infarto y tacones lejanos, siempre ronda un viejito, que pronto será quemado, y por eso mismo reclama monedas para que su última noche tenga alegría y unas cuantas cervezas.
Repican las campanas. Las radios recitan men-sajes de patriotismo, optimismo y coraje. Empieza el fuego que consume los muñecones. Las familias, tomadas de la mano, cuentan a voz en cuello los segundos de vida que le quedan al año que termina. Y cuando se estrena el nuevo calendario, muchos de ellos se abrazan llorando, como queriendo que el destino, esta vez, disponga mejores días.
Al final, los más jóvenes saltan sobre los ar-diente despojos del año viejo. El que menos pro-pone brindis y unos cuantos comparten algo de los platillos propios de la fecha. Horas más tarde, todo es cenizas. Unos pocos permanecen mirando cómo el fuego se extingue. Y pasada la euforia y los gritos, la ciudad se recoge ante el impredecible arribo del Año Nuevo.