¡TUMBA AQUÍ LO QUE TÚ QUIERAS!

POR: ESTEBAN MICHELENA

POR: ESTEBAN MICHELENA

El bus de Boca se aproxima al Monumental de River por calles abiertas a los hinchas: los cracks del cuadro del riachuelo quedan a merced de una turba de salvajes. Uno de esos desarraja un botellazo contra el transporte.

Ojo: el bus, flanqueado por unas cuantas motos policiales, circula por calles que -para la final de Copa Libertadores- debieron estar clausuradas. Nada: dale no más, ahí vemos qué pasa. Y pasó. La botella estalla contra el objetivo. Al interior, el es-panto: atrapados, los xeneizes no pueden ni saben cómo protegerse. Y más ojo: el cristal del bus no es de seguridad, como impone la norma en cualquier aldea civilizada. Se puede ver el vidrio, astillado y quebrado, como si se tratara de una obscura y tenebrosa locación de una película de terror.
¿Y si algún enfermo se le ocurre meterles bala? Dependerá de su nivel de frustración y el número de “pistolas” que le estén tostando el coco. Puede pasar: por estos barrios el fútbol es el lugar donde todo está permitido, incluso la muerte.
Un 14 de mayo de 2015 fueron los bosteros: agazapados en la manga del túnel del camerino visitante, acorralaron a los de River y, disparado como si fuera espuma de carnaval, les quemaron sus rostros con gas pimienta.
Odio. Barbarie. Resentimiento. Acá, un 20 de junio de 2009, cuatro hinchas de Liga persiguieron y derribaron a otro de El Nacional. No solo le arrea-ron a patadas y humillaron: lo apuñalaron hasta que su joven corazón dejó de latir. En el estadio Capwell, arrojaron un perrito edificio abajo. ¡Y lo filmaron!

Las barras bravas consolidan sus estructuras mafiosas: la ineptitud y desidia para enfrentar el grave problema alienta la toma del fútbol por los matones, ocultos tras el manto de la impunidad y, muchas veces, en contubernio con la autoridad y los dirigentes, que deberían velar por la salud de su equipo y del negocio.
Se juega como se vive. El Tata Martino lo dijo a su manera. El fútbol, en nuestros humillados pueblos, es el único y frágil patrimonio emocional que, mientras vuela la pelota, medio alienta a millones de jodidos descamisados en su diaria y penosa sobrevivencia. Nos falta todo. ¿Nos robarán el fútbol?
¿A quién le suma envenenar nuestras sociedades? ¿Intoxicarlas de odio y mala leche, desde el caos y la miseria? ¿Enturbiarlo todo para pescar a río revuelto? Acá ganan esos electos para cuidar de la esperanza y los bienes nacionales; pero que son estrellas de la crónica roja. Que tenemos muchas causas para pelear y el fútbol no puede ser una de ellas, trinó Martín Caparrós, el escritor de “Boquita”.
Los nuevos piratas se roban el fútbol para so-meterlo a sus miserias. El cantor, sus zampoñas y charangos marcharon hace rato. Falta que se carguen el espíritu del rock. Y pasará. En cancha, ya se patearon las divisas de los más amados clubes sudamericanos. ¡Tumba aquí lo que tú quieras que mi primo es policía!, sentenció Lavoe. Pero tú tranqui: todos lo conocen, nadie lo delata.