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POR: ESTEBAN MICHELENA

POR: ESTEBAN MICHELENA

LINDO QUITO DE MI VIDA

La capital brinda el privilegio de caminar por callecitas llenas de historia que agitan la memoria y encienden la nostalgia. Un vistazo a cuatro postales emblemáticas: desde el misterioso Camino de Orellana, hasta el Parque La Carolina, territorio comanche en mi lejana infancia.

Papá era tigre para un cuento. Que en el bucólico pueblito del interior de Imbabura donde nació, los campesinos construían unas cometas gigantes y que en ellas volaban los niños más valientes, narraba. Y claro, uno se cree. Una vez, en pleno verano quiteño y tras en familia construir unas coloridas cometas, nos llevó para el Itchimbía, entonces una abandonada loma, entre los barrios San Blas y El Dorado. ¡A volar cometas!
Corría mi padre en dirección al viento veraniego y dejaba, a cada uno de los hermanos, con su cometa instalada en los cielos. Luego, a la hora del agua de panela y sanduchito de mortadela, hacía de profesor. “Allá el Cayambe, miren los Illinizas, el Pichincha, ese es el Ruco, ese otro el Guagua. Esas casas de abajo deben ser las de Tumbaco”, enseñaba, aprovechando la vista privilegiada de este ancestral sitio sagrado donde se adoraba a la luna.
Un día volví con mis hijos a esa loma de los sueños, a repetir la experiencia. Y hasta la fecha me intriga cómo se las arreglaban los campesinos de esa tierra para, en las gigantes cometas, hacer volar los niños hasta las mismas nubes. Ahora, cada que asisto a un concierto en el bello Centro Cultural, por cualquier cosa, miro lentamente el cielo. Pero lo único que descubro es la voz de mi viejo, contando cómo él y sus amigos lograron volar como los pájaros.

  • Rondando tu esquina
    La Ronda, una caminata por sus callecitas empinadas, se convierte en una apasionante cita con la imaginación de parranda con la memoria. Hacia los años 30 del siglo pasado, por los adoquines de su calle principal, la Juan de Dios Morales, trastabillaron poetas y bohemios, compositores y guitarristas.
    De sus cantinas y casitas, de sus zaguanes y patios empedrados, surgieron canciones y relatos, poemas y delirios. “El chulla quiteño”, tema referencial de la banda sonora capitalina, se creó en este barrio, a inspiración, talento y corazón de uno de sus vecinos, don Alfredo Carpio Flores. ¡Vaya viendo!
    Es lo que me arrebata cuando paseo en este hermoso barrio, lleno de tallercitos, cafeterías, bares y comedores. Que una empanadita de morocho, que un buen pernil con ají, que un hervidito para el frio, un guitarrista y un fuertecito para animar la visita, la postal para el recuerdo. ¡Una postal!
    Ahí me contó uno de sus viejos moradores que este conjunto de casitas de ventanas de madera y maceteros con geranios encendidos, en tiempos colo-niales, se llamó El Chaquiñán, y que acá los pasos se recogen desde los años del siglo XVII. Pues esas mismas calles, esos recodos llenos de memoria y música son los que tú vives, cuando decides rondar la esquina en el barrio de La Ronda.
  • Tras los pasos de Orellana
    Para contemplar los valles de Quito y, como si fuera la de un nacimiento, la destellante y hermosa iglesia de Nuestra Señora de Guápulo, puedes hacerlo a los pies de Francisco de Orellana. Su monumento se eleva en este mirador quiteño que recuerda que, por esta misma baja-da al barrio, raudos y locos pasaron los conquistadores en busca de El Dorado.
    ¡Por ahí se fueron, desde allí caminaron hasta la lejana Amazonía! Solo imagina los personajes al amanecer: el griterío, el ruido de los caballos, con sus jinetes, armaduras y pertrechos, empezando una ruta impredecible y misteriosa… en la misma sinuosa y estrecha callecita por la que tú, ahora mismo, puedes llegar hasta este templo, cuya construcción apasionó a una cofradía hacia el año de 1587.
    Terremotos, incendios y otros percances no lograron derribar el sueño del cura José de Herrera y Cevallos, a quien expertos historiadores como Alfonsito Ortiz, atribuyen el inicio de una larga construcción, que se remonta al año de 1650. Del pequeñito poblado de enton-ces, el cronista afirma fue habitado por 196 albañiles y labriegos. Sus fantasmas volverán, seguro, cada 8 de septiembre, cuando fieles e infieles, propios y extraños, tunantes y turistas acuden a las famosas fiestas del lugar. ¡Para que beba Guápulo!
  • El oculto tesoro del Parque La Carolina
    Esta mañana he madrugado para fortalecerme en un espectáculo. Faltan minutos para las seis y el sol asoma con su primeros rayos, que poco a poco rompen las contadas nubes y vuelven un espejo de plata las serenas aguas del lago en La Carolina. Es hermoso: cada rayito de luz pasa por los briosos chorros de agua, creando efímeros collares de destellantes estelas cristalinas.
    Los botecitos, el agua verde del la-go, el césped, las flores, los árboles y senderitos van definiendo sus colores vivos. Acuden los trotadores, los practicantes de yoga, los marchistas, futbolistas y hasta galladas de karatecas; parejas de abuelitos en sus románticos paseos y grupos de obreros, corriendo a sus trabajos. Los municipales acicalan un parque limpio y acogedor, donde sin que nadie se percate, ya con el solazo quiteño, otra vez la vida empieza.  

DE COMPRAS EN EL CENTRO

  • Ir de compras en el Centro Histórico te da la oportunidad de descubrir nuevos rincones. Está, por ejemplo, Humberto Silva, el octogenario hojalatero que ha mantenido su taller en La Ronda desde hace más de 60 años y que se especializa en juguetes.
  • En el tradicional barrio San Marcos se puede encontrar al carpintero José Barrera que elabora artesanías de madera únicas.
    En las principales plazas como la de La Independencia, Del Teatro, o San Francisco también podrás encontrar tiendas de artesanías ecuatorianas.
  • En el Convento de El Carmen Alto encontrarás, aparte de la iglesia y el museo, la tienda donde las monjas de claustro venden artículos religiosos, medicinas naturales y ungüentos hechos por ellas, así como un delicioso y único vino casero.