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POR: DIEGO OQUENDO SÁNCHEZ

POR: DIEGO OQUENDO SÁNCHEZ

FREDDIE MERCURY

UNA RAPSODA DESENFRENADO

Mercury hizo el amor con millones de personas en el célebre live aid para luego irse a rumiar sólo su sentencia de muerte.

Todo en su vida fue de proporciones descomunales: sus talentos, su carisma, su sexualidad, sus fiestas, su soledad. Nada en él podía ser a escala humana porque fue y es un dios del rock, un dios pagano, un Baco de carne y hueso que enseñó a los mortales a escuchar de otra manera; que compuso música jamás imaginada hasta entonces. Un dios al que no le bastaba su legión de amantes, necesitaba hacerle el amor a un estadio abarrotado de gente embriagada con los elixires de su voz y la potencia de Queen. Al igual que Baco, Mercury era amable y generoso con quienes lo honraban pero a diferencia de él, no destruyó a quienes lo despreciaban. Se destruyó a sí mismo en los rituales orgiásticos a los que se entregaba sin límite alguno. Cuando los rumores de una extraña enfermedad se regaba en el circuito gay, sus amigos cercanos intentaron prevenirle. Su respuesta fue: “al demonio, hago de todo con todos”. Incluso el virus que lo mató tenía proporciones de plaga bíblica.

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Vista en perspectiva fue una década prodigiosa. Los 80 fueron el marco de avances tecnológicos inéditos, cambios en la política mundial impensa-bles hasta entonces. Surgieron grandes exponentes de la música, otros que tenían de décadas anteriores se reinventaron para ofrecer descargas musicales formidables, entre ellos Queen. Pero esa década tuvo su lado oscuro, muy oscuro. La muerte iba de un lugar a otro, silenciosa, con un nuevo rostro: el SIDA. Tomaría por sorpresa a la comunidad gay, siempre mal vista, siempre al borde de la marginalidad. Ella no la vio venir, ese virus maldito la diezmó, llevándose por delante a grandes exponentes del arte, la música, la ciencia, entre ellos, Rudolf Nureyev, Michael Foulcault, Keith Haring, Anthony Perkins, Cazuza, Federico Moura. Pero también a personas que se infectaron a través de transfu-siones como Isaac Asimov, Glauber Rocha y se dice que Julio Cortázar también.
Así como Janis Joplin alguna vez se lamentó de hacer el amor con 20 mil personas y luego irse a casa so-la; Mercury hizo el amor con millones de personas en el célebre Live Aid para luego irse a rumiar sólo su sentencia de muerte. En ese concierto Queen renacía, mientras Mercury empezaba su calvario. Lo que vendría sería el despeñadero. Sin embargo, como todo rapsoda, ha regresado a través de su obra. Individuos como él viven en otra frecuencia, no suelen encontrar su lugar en la vida porque ésta les queda chica. Vienen al mundo para mostrarnos algo que no vemos. El precio que pagan por su genialidad es una soledad descomunal. La belleza les cuesta la vida.  

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El precio que pagan por su genialidad es una soledad descomunal.